Vivir en la calle como elección obligada

Un goteo de personas asentadas en las calles con carteles que anuncian la necesidad de una ayuda económica es el escenario que cada día, con más frecuencia, se aprecia en algunas de las grandes ciudades españolas. En Cáceres la situación no es muy diferente si paseas por el centro de la ciudad donde, en su mayoría hombres, son los que se han visto obligados a pedir en la vía pública ante situaciones marcadas por el desempleo perenne y la falta de recursos para subsistir.

Silvia Arjona Martín/ AECOS

“Muchas gracias, caballero, que pase una buena tarde”. Éste es el saludo que José Manuel Duarte Martín le ofrece a un señor que colabora con su precaria situación económica, a modo de agradecimiento por echarle unas monedas en el sombrero negro que le acompaña a sus pies.

Natural de la comarca de Las Hurdes aunque residente en Oliva de Plasencia (Cáceres), José Manuel lleva desde diciembre de 2012 en las calles de la ciudad de Cáceres pidiendo alimentos, dinero o trabajo después de que se le acabara la prestación y el subsidio por desempleo que otorga el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE). Era conductor de camiones, autobuses y ambulancias hasta el año 2008 y desde entonces busca un nuevo rumbo en su vida. Por ahora lo ha encontrado en la calle y, “a pesar de todo”, dice, no se muestra con ganas de marcharse. Asegura ser feliz.

José Manuel Duarte pide ayuda en una calle del centro de Cáceres.
José Manuel Duarte pide ayuda en una calle del centro de Cáceres.

A sus 47 años se muestra positivo y sonriente porque “¿qué vas a hacer, vas a preparar algo por ahí fuera?”, se pregunta con resignación ante el contexto social, económico y político que existe en estos momentos. Un contexto que aparentemente no parece influir demasiado en las personas que pasean por la céntrica calle de San Pedro, donde José Manuel suele asentarse a diario, mientras observan los escaparates con las novedades de la próxima temporada y se embelesan con los adornos navideños que empiezan a inundar las superficies públicas amenazando a todo aquello que se considera laico.

A pesar de su conformismo, Duarte se muestra indefenso y sin control ante una situación que no ve que vaya a cambiar. La deuda que le persigue, de unos 5.300 euros, por no pagar el IRPF de la manutención de su hijo hasta los 18 años, mientras le cuidaba su madre, le hace dudar ante lo que le pueda venir, aunque en estos momentos mantiene reuniones con los Servicios Sociales de su localidad para trabajar el caso. “¡Podrían quitarme la casa!”, exclama mientras recuerda que la única propiedad que tiene en Oliva de Plasencia es su hogar, al que acude tres días al mes para descansar, reponer fuerzas y volver de nuevo a las calles cacereñas.

“Pidiendo de otra forma”

De las vías no le importa el frío ni la lluvia, lo que más le preocupa es “no ir por el mal camino” ni tener “malas compañías”. No malgastar lo que recauda y emplearlo en “lo justo para poder vivir” ya que “eso es lo que uno necesita para estar bien aquí”, apunta como si el tramo de esta peatonal donde siempre se encuentra fuese ya su pequeño refugio desde hace casi un año. Y es que son muchas las horas que pasa en uno u otro portal, dependiendo de dónde caliente el sol, hasta conseguir las monedas que necesita para su día a día. Acude al comedor social de la ciudad, junto con medio centenar de personas cuyas situaciones económicas también se han visto salpicadas por la crisis del país, y acaba la jornada en su furgoneta donde descansa y duerme.

Pero José Manuel no se resiste a soñar y apuesta por mejorar su futuro “pidiendo de otra forma”. Sonríe y explica que quiere comprar un organillo para, “por lo menos, ofrecer a las gentes algo de música mientras pasean” y que así el intercambio sea recíproco. Porque “lo justo es trabajar sin que te chupen la sangre”, añade con resentimiento ante un pasado de muchas horas de faena y pocas recompensas que ahora recuerda a cada instante y que le hacen ver los pequeños detalles de su obligada vida callejera de otra manera.

Como este hurdano-oliveño, son numerosas las personas que acuden a la solidaridad de las ciudades pidiendo una ayuda desconocida que le brinde el pan de cada día mientras el frío y ruin sistema continúa paseándose a nuestra vera y aplastando a todo aquello que no pueda seguir su compás. Por ello, es importante recordar el necesario cambio de rumbo y la transformación total de todo lo que, hasta hora, se supone que nos ampara si queremos, de verdad, apostar por una situación mejor para todos y todas.

Y sin importarnos tanto los datos oficiales ni las estadísticas, ya que la sufrida realidad de miles de personas, como la de José Manuel, debe ser hoy lo que más nos interese, nos preocupe y nos re-mueva para actuar.

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