Mujeres indígenas tejedoras de vida

Una minga de pensamiento de mayoras, sabedoras y jóvenes indígenas reúne a unas 150 mujeres de toda Colombia para repensar su papel como defensoras del territorio.

El encuentro, realizado en Natagaima (Tolima) del 12 al 14 de agosto, ha sido organizado por la Coordinación Nacional de Pueblos, Organizaciones y Líderes Indígenas de Colombia (CONPI) con el apoyo de la Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT) y el Movimiento Político y Social Marcha Patriótica.

Silvia Arjona Martín. 

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Mujeres indígenas de Colombia discuten su papel dentro de sus refugios y territorios./ Sam.

Luz Mery Panche, integrante de la Coordinación Nacional de Pueblos, Organizaciones y Líderes Indígenas (CONPI), habla fuerte y segura mientras mambea hoja de coca y saborea una pasta marrón oscura que saca cuidadosamente de un pequeño bote de plástico para que la ayude a liberar las propiedades de la planta sagrada. Sentada sobre las raíces de uno de los árboles que ofrece una refrescante sombra a la orillas del río Anchique, en el Centro Sagrado Painima, a unos siete kilómetros del municipio tolimense de Natagaima, y vestida con ropa típica de su pueblo nasa del Caquetá, Luz Mery habla para unas treinta mujeres indígenas de otros pueblos de Colombia sobre la importancia de repensarse las formas de defensa del territorio y los retos que se les presentan ante el nuevo panorama social y político en el país.

Es sábado por la mañana y el sol ya calienta en lo alto. Un círculo envuelve las palabras de Luz Mery en un discurso convincente y esclarecedor que sirve para introducir el grupo de trabajo llamado “Dialogo de Saberes: las mujeres indígenas como tejedoras de la identidad, la resistencia y la defensa de la vida y los territorios en la construcción de una Colombia más allá de la guerra”, una de las actividades que complementan el primer Diálogo Nacional de Mayoras, Sabedoras y Jóvenes Indígenas: a cuidar, ordenar y defender la vida digna y la paz territorial con justicia social, organizado por la CONPI con la colaboración de la Asociación de Cabildos Indígenas del Tolima (ACIT) y de Marcha Patriótica, y en el que han participado unas 150 mujeres indígenas de toda Colombia.

Luz Mery repasa las luchas de los pueblos indígenas Nasa, Wayüü, Awá, Inga, Misak, Zenú y Pijao, éste último uno de los más resistentes a las invasiones foráneas que ha tenido Colombia a lo largo de su historia. La intención es demostrar que no son un grupo aislado que sólo se dedica a cuidar la naturaleza, sino que hasta son capaces de coger las armas para defender su territorio, “y eso es nuestra historia y no puede avergonzarnos porque forma parte de nuestra dignidad”, exclama con orgullo evocando, por un instante, el espíritu de la Cacica Gaitana, heroína indígena del siglo XVI que lideró a sus pueblos para combatir contra la invasión de los españoles allá por los años 1539 y 1540.

Reflexiona con detalle cómo los pueblos indígenas trabajan la defensa del territorio desde lo jurídico, lo político y lo cultural haciendo un pequeño recorrido histórico de todos los logros conseguidos con la intención de seguir caminando por esos rumbos, pero partiendo de las necesidades actuales de cada uno de los pueblos indígenas del país. Y es que las mujeres indígenas presentan el reto de recuperar el papel como defensoras, cuidadoras, ordenadoras de sus cuerpos, la familia, la comunidad y el territorio. “Retos que nos pensamos desde el fogón para recuperar el sentido del movimiento indígena, el cual ha sido desviado de su espíritu por aquellas políticas neoliberales que han fraccionado y debilitado nuestro proceso de lucha y resistencia milenaria”.

El territorio para los pueblos indígenas lo forma no sólo la tierra que pisan y de la que se nutren con los alimentos y el agua, sino que también está integrado por otros dos planos: uno situado en el subsuelo y otro en el ambiente que se respira, donde por ellos fluyen los espíritus de sus muertos; de ahí que la defensa por cuidar el territorio sea tan amplia y abarque un concepto mucho más grande del que, de manera habitual y racional, pensamos. Asimismo, no sólo se plantean como territorio el de sus resguardos, sino también el que ocupa toda Colombia e incluso toda América, por lo que su lucha por proteger, cuidar y sanar las relaciones entre los humanos y la naturaleza cobra unas extensas dimensiones dignas de ser reconocidas y puestas en prácticas.

Pero los pueblos indígenas no quieren luchar solos en esta pelea global sino que saben de la importancia de integrar a otros pueblos y entretejer redes de unidad, fraternidad y apoyo mutuo puesto que el territorio es algo compartido. “Cuando los afros, el campesinado o la gente de la ciudad está en situaciones críticas también yo lo estoy porque si el vecino no está bien, yo no puedo estar bien. Si el vecino está mal yo estoy en riesgo”, comenta Luz Mery con afecto y refiriéndose con la palabra “riesgo” a la, cada vez más patente, extinción de los pueblos indígenas debido a los muchos desplazamientos del campo a la ciudad vinculados con el conflicto social y armado colombiano. De los dos millones de indígenas que hay en el país aproximadamente, casi el 25% están desplazados en las urbes y sin territorios a los que volver, lo que impide seguir fortaleciendo la cultura, la identidad, el idioma y los usos y costumbres, por lo que todo ello hace que la defensa del territorio sea algo fundamental para su esencia vital.

Además de esto, otra de las amenazas más fuertes que afecta al desarrollo de los pueblos ancestrales de Colombia es la explotación mineroenergética, que perjudica a la tierra y sus fuentes acuíferas. En algunos de los títulos mineros están grandes multinacionales como Anglogold Ashanti, especialmente situada en la zona alta de la Cordillera central, “aunque son muchas las fachadas que utilizan para, primero, hacer los estudios pertinentes y, después, explotar la zona”, explica Ancízar Ibarra, indígena pijao de Natagaima y miembro de la CONPI que está acompañando a todas las mujeres participantes del encuentro. Asimismo, otra amenaza a destacar es el tipo de economía que se viene implementando en el estado colombiano que se fundamenta en no asegurar la producción alimentaria nativa, provocando que desaparezcan las semillas y beneficiando la entrada de productos extranjeros que muchas veces son transgénicos.

Por ello, tras reflexionar sobre los problemas y retos que presentan las mujeres indígenas para con sus comunidades, se realiza un intercambio de semillas para perpetuar sus alimentos. El trueque se hace sobre todo entre granos de maíz, debido a la gran variedad que existen y a que estas semillas amarillentas, marrones, blancas y negras son el alimento base de la dieta colombiana y se utilizan para hacer arepas, condimentar un ajiaco o elaborar la chicha, esa bebida sagrada indígena que no falta en ningún encuentro comunitario, como en éste, que es repartida en distintos momentos.

El tejido de la vida

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Herminia Chocué teje la vida con hilo de cabulla./ Sam.

Herminia Chocué Latacué es indígena nasa y lideresa de su comunidad. Ha hecho un largo periplo de veinte horas en autobús desde su resguardo Nasaú, en Ipiales (Nariño), hasta llegar a Natagaima. Tiene 59 años, viste con ropa típica de su pueblo de muchos colores y luce siempre una gran sonrisa donde se aprecia una mezcla de sabiduría y humildad que la hacen una mujer hermosa. Se distrae tejiendo una mochila de cabuya que cose con sus manos todo el tiempo aunque en realidad -dice- lo que teje es la vida. Afirma no saber leer ni escribir, pero tampoco lo ha echado en falta porque sabe escuchar a la Pacha Mama e interpretar sus quejas como si de una bióloga se tratara. Habla con ella todos los días, la reza con cánticos, aromas y flores mientras practica sus rituales ancestrales alrededor de un círculo hecho de semillas y plantas. Usa el agua para limpiar el aurea y el aroma de algún incienso para purificar las energías.

En cada una de sus intervenciones a lo largo de los tres días de encuentro interviene primero en su lengua materna y luego en español, y en todas ellas asegura con resignación que se han perdido los usos y costumbres de sus pueblos y que las generaciones más jóvenes ya no se interesan por la cultura indígena, por lo que se plantea tomar partido al respecto y buscar soluciones entre todas. Le preocupa también cómo el cambio climático está afectando a las tierras y a la producción de los alimentos, y cómo las fuentes acuíferas, que forman parte de lo sagrado, están despareciendo por la contaminación o por los desvíos intencionados de las empresas extractivistas.

Herminia sabe que las mujeres son la columna vertebral de sus comunidades a través de las cuales se fortalecen los lazos de unidad, solidaridad, fraternidad y compromiso, por lo que su palabra y sus decisiones deben ser cada vez más tenidas en cuenta. Es por ello que ansía llegar a su refugio para contagiar a todas las mujeres que la forman sobre lo trabajado estos tres días en Natagaima y seguir en la necesidad de sumar las luchas femeninas y feministas entre todos los pueblos ancestrales.

A pesar de que aún existen muchos obstáculos relacionados a la domesticidad en la que están atrapadas las mujeres, tanto en sus hogares, como en el trabajo reproductivo invisibilizado y en las responsabilidades del cuidado de la familia y de la comunidad, existe un nivel de conciencia muy importante acerca del papel que todas ellas ocupan en la sociedad de cara a cómo poner solución a ciertas problemáticas sociales, pero también a la situación política actual que envuelve a Colombia.

Para Yiya Sandoval, que hace parte del Equipo Nacional de Mujeres de Marcha Patriótica, “su condición de mujeres pone de manifiesto la relación que existe entre su cuerpo y el cuerpo-territorio, de ahí que pongan sobre la mesa la necesidad de fortalecer el pensar no sólo en el territorio que ocupan, sino también en el del país completo y en el del continente Abya Ayala. Así como reflexionar en las problemáticas que atraviesan y manifestar su total disposición para fortalecer las luchas políticas que tenemos hoy por hoy como pueblos indígenas en defensa de su territorio, su cultura y el ambiente; pero también, el apoyo a los diálogos en La Habana, y el compromiso de prepararnos para un proceso de movilización e implementación que va a ocurrir posterior a la firma de los Acuerdos de Paz y donde las mujeres sí o sí juegan un papel determinante en la contención de las comunidades y en los vínculos que ellas tienen con sus pueblos”.

Sí al plebiscito

Los pueblos indígenas colombianos han venido participando del proceso de diálogos entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las FARC-EP con el fin de que el enfoque étnico estuviera presente en cada uno de los acuerdos. Es por ello que en este primer encuentro de mujeres indígenas que cuidan y apuestan por una vida digna y una paz territorial con justicia social se ha ratificado el SÍ en el plebiscito, que se prevé celebrar una vez se firme el acuerdo final, como herramienta principal para construir territorios de paz, lo que para todas ellas significa el equilibrio y la armonía en la relación con la Madre Naturaleza y la garantía de condiciones para una vida digna de los territorios y de las comunidades.

La forma de pensar no occidental de los pueblos ancestrales incide en esa idea de comunidad o de comunismo primitivo que es la esencia que se busca con estos acuerdos, lo que para Sandoval significa “el lugar común, el vínculo que nos hace luchar por transformaciones estructurales del tipo político, social, económico y cultural”.

Un ejemplo de ello es cómo algunos resguardos indígenas, como los de Burao, Caldono, Pioyá y Pueblo Nuevo, en el departamento del Cauca, van a ofrecer su territorio para las Zonas Veredales Transitorias para la Normalización (ZVTN), que buscan garantizar el cese bilateral el fuego y de hostilidades de manera definitiva y que las FARC dejen las armas. “Cada uno de estos resguardos indígenas han hecho valer su autonomía y autoridad tradicional que les compete y han decidido hacer una puesta por la paz verídica”, explica Carlos Campo, del resguardo indígena San Lorenzo, en el Cauca, que hace parte de la comisión de comunicaciones del CONPI y que ha querido acompañar a las mujeres de su resguardo hasta Natagaima, tras un largo viaje de veintidós horas en chiva.

Según este joven que luce una camiseta roja de Juventud Rebelde y muestra mucha seguridad en lo que dice, “más allá de los posibles beneficios que esta decisión puede traer a la comunidad indígena, lo que pretendemos es apostarle a la paz y poner en valor la frase que solemos decir de cuenten con nosotros para la paz. Y es que la paz no es simplemente el cese al fuego, sino que es una construcción social y como movimiento indígena tenemos aún más que valer nuestros derechos, por medio de la protesta, por medio de la movilización, haciendo entender que estamos presentes y preparados para la paz”.

Después de tres días de minga de pensamiento liderada por mayoras, sabedoras y jóvenes indígenas con capacidad de liderazgo, empoderadas y con voluntad de transformar las dinámicas sociales y comunitarias que están contribuyendo a perder sus raíces, identidades y cultura, se ha dejado evidencias de que el movimiento indígena cuenta con toda la autoridad moral, material y libertaria para poder enseñar al resto de culturas cómo se deben organizar para la defensa del territorio y de la Madre Tierra, y cómo deben resguardar y mantener el traspaso de la sabiduría a las generaciones más jóvenes, las que van en realidad a vivir la paz con justicia social que todos los pueblos de Colombia están esperando.

Artículo publicado en el periódico Desde Abajo. 

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