“Las personas migrantes son la oportunidad de cambio para una Europa envejecida”

El defensor de los Derechos Humanos de las personas migrantes en México, Alejandro Solalinde, tiene claro que la población migrante no es una amenaza sino una oportunidad en un sistema agotado e injusto que niega la vida y el desarrollo de mujeres y hombres. 

Silvia Arjona / AECOS

Alejandro Solalinde habla sobre los riesgos del viaje con las personas que acuden al albergue, en Ixtepec./ Scouts Extremadura
Alejandro Solalinde habla sobre los riesgos del viaje con las personas que acuden al albergue Hermanos en el Camino, en Ixtepec./ Scouts Extremadura

 “Migrantes, no se asusten, soy yo, el Padre Alejandro, venimos a ayudarles. Si hay alguien ahí salgan porque vamos a ayudarles, no tengan miedo”. Alejandro Solalinde camina despacio entre la oscura noche por los alrededores del albergue Hermanos en el Camino, situado en Ixtepec, en el estado mexicano de Oaxaca. Quizás haya personas aguardando las horas nocturnas en algún matorral escondidas de los peligros que les acechan como migrantes. Su intención, al tiempo que anuncia susurrante quién es y qué pretende, es acogerles durante unos días en el albergue que dirige desde hace siete años mientras sueñan con llegar a EE.UU y alejarse de las fronteras de Centroamérica.

Son demasiados los obstáculos que atravesar en un viaje marcado por el tráfico de personas, las violaciones, los hurtos, e incluso la muerte, y donde delincuentes, mafias y la propia policía se entremezclan impidiendo definir quién es quién y desprotegiendo el paso de las y los migrantes.

Para Solalinde las causas de esta situación son obvias, “toda la humanidad se encuentra en estado de vulnerabilidad porque por encima del ser humano está el dinero”, explica de manera rotunda mientras nos acerca su realidad en una visita por Extremadura con el grupo Scouts de esta región, enmarcada en un proyecto financiado por la AEXCID. Aborda su día a día con suavidad a pesar de la dureza con la que diariamente convive. Por el albergue pasan cientos de personas a la semana que se quedan unos tres días de media, pero también hay quienes esperan más tiempo a una regulación migratoria o a denunciar los casos de abuso de poder que han sufrido por el trayecto.

Éste es el caso de Alberto Donis, ‘Beto’, ahora ya coordinador del centro Hermanos en el Camino que viaja también a España para promover conciencia y dar a conocer las realidades de las personas para las que trabaja. Después de mucho insistir para denunciar a los policías que le asaltaron en su cuarto intento migratorio desde Guatemala a Estados Unidos, se quedó con Solalinde ayudando en las muchas tareas que demanda este oasis en mitad del tránsito de mujeres y hombres, niñas y niños. Un tránsito que no sólo se refiere a la salida y la llegada sino también a las muchas direcciones que pueden ser tomadas, dependiendo de cada caso y circunstancia.

Lo que está claro es que cualquier migración está teñida por “el sueño del norte que desplaza a las personas de una situación real a otra hipotética que no se ve y que, además, cuando se llega el sueño cambia a ser pesadilla”, cuenta Beto con resignación tras su propia experiencia fallida.

Se parte de una situación de violencia local y fragilidad social de las regiones de origen. Honduras, Guatemala, El Salvador y Nicaragua “son países violentados, unos por guerras, otros por conflictos sociales internos, pero todos tienen una característica que es el desamor, la desatención de parte de las autoridades”, argumenta esta vez Alejandro para añadir que a los políticos nunca les ha interesado las tragedias de sus pueblos y no se han preocupado por cerrar heridas, por buscar la unidad, por mejorar el nivel de vida y la calidad humana digna.

Pero incide también en que la iglesia católica en concreto “tampoco se ha preocupado mucho por eso”, quedando patente su firme crítica ante la institución eclesiástica.  “Las estructuras de 700 años de poder y dinero son muy difíciles de cambiar y no creo que cardenales y arzobispos quieran prescindir de la comodidad y la posición privilegiada con la que viven”, cuenta con indignación al ver cómo la orden de la que se siente parte se ha desvirtuado de la realidad que él vive.

Es quizás por ello que hace 50 años renunció a una iglesia convencional, administradora y materialista logrando caminar de otra manera. No quería ser gerente de una parroquia ni pasar el resto de su vida de un escritorio a un altar. Se siente misionero y, aunque siempre le vieron como “un bicho raro”, eso le permitió optar por las personas migrantes a tiempo completo.

Mujeres y menores en tránsito

Solalinde platica con los hombres y mujeres que llegan al albergue y les transmite los términos de convivencia y operatividad del centro basados en “ser iguales, no sentirse superior, que nadie se adueñe de los pasos de otra persona ni administre su existencia, que nadie imponga e impida vivir en libertad”.

Registro de mujeres que llegan al albergue. / Scouts Extremadura
Registro de mujeres que llegan al albergue. / Scouts Extremadura

Con su tranquila dialéctica transmite confianza y seguridad para que las personas que lleguen se instalen como en su casa. Una casa bulliciosa, intensa, de continuo movimiento tanto de migrantes como de voluntarios, voluntarias y periodistas de distintas partes del mundo que quieren conocer y sentir el ambiente que se respira en este centro pero también las muchas historias que acarrean cada una de las mujeres y hombres que entran por sus puertas. “Es un espacio donde se puede apreciar una espiritualidad muy grande, a pesar de las cargas negativas que tiene”, coinciden Alejandro y Alberto para acercarnos aún más el contexto en el que se encuentran.

Pero esta bocanada de aire limpio en el camino no impide que los peligros y la vulnerabilidad desaparezcan, especialmente para las mujeres y los niños y niñas no acompañadas, con las que hay que aplicar una especial atención. A las agresiones físicas y sexuales que sufren hay que sumarles la discriminación y burla a la que son sometidas por sus compañeros de recorrido. La mayoría se inyectan anticonceptivos antes de su partida asumiendo ya que pueden ser violadas, aunque eso no les proteja de las enfermedades de transmisión sexual.

“Las niñas llegan mintiendo con su edad, ni siquiera saben a dónde van, siguen al resto de gente, las esperan fuera del albergue para prostituirlas. Que una niña sea guapa es una maldición para su familia porque sabe que van a ir a por ella”, explica Fernando Muñoz, un voluntario extremeño que ha vivido en el albergue Hermanos en el Camino durante cuatro meses y que destaca el caso de las menores como las historias más significativas.

Ni Lampedusa, ni Melilla, ni Gibraltar

Estos acontecimientos no son exclusivos de México, sino que se producen a nivel mundial. Las fronteras europeas son también un obstáculo para las personas del sur que aspiran con cruzarlas pero que se ven impedidos con naufragios, concertinas y pistoletazos de pelotas de goma, entre otras medidas drásticas. Según Naciones Unidas, hay unos 232 millones de personas moviéndose en busca de nuevas oportunidades de vida y desarrollo, lo que obliga a reflexionar sobre qué está sucediendo y por qué se impide este tráfico que “nada ni nadie puede detener. Ni Lampedusa, ni Melilla, ni Gibraltar”, argumenta Solalinde para dar sentido a la migración africana que llega al sur de Europa.

Considera que no es casual sino ocasionado por un sistema neoliberal capitalista global que concentra la riqueza en unos pocos mientras deja desprotegida a las grandes mayorías. “Hay que pensar qué estamos haciendo con los seres humanos, no importa si es América o Europa, ese desprecio al pobre que también tiene derecho a disfrutar de las rebanadas del pastel”, explica mostrando la importancia de dar oportunidades a todo el mundo y dejar hacer.

Adolece de la idea de la propiedad privada y de la ocupación del territorio y asegura que si no fuese por las migraciones el mundo se avejentaría. “Las personas migrantes son la oportunidad de cambio para una Europa envejecida –comenta- el único futuro es migrante y todo el tiempo que se retrase en aceptarlo, se retrasa en buscar una transición pacífica”. Las salidas y las entradas no dejarán de existir a pesar de las dificultades del camino y los impedimentos. Se necesitan redes internacionales y leyes que respeten la protección de las personas en tránsito y que los países del norte empiecen ya a cuidar a los del sur y sus gentes porque según prevén estos defensores de los derechos de las personas migrantes, tarde o temprano estos desplazamientos cambiarán de coordenadas, como las que ya marca la ciudadanía española dirigiéndose a Sudamérica en busca de nuevas oportunidades.

Pero mientras todo esto cambia y mejora en pro de las personas que se mueven en busca de un desarrollo humano mejor y de calidad y a pesar de las amenazas que reciben, Alejandro y Alberto seguirán trabajando con ellas porque son lo más importante y valioso que tienen. “La gente migrante es nuestra motivación y salvación diaria”, concluyen ambos con pasión.

 

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