Nazaret Castro (I): “El consumo es una herramienta para profundizar en la conciencia política”

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Nazaret Castro en un momento de la entrevista./ J.A.L

Silvia Arjona Martín / Bogotá.

Tiene raíces extremeñas, concretamente veratas, aunque lleva muchos veranos sin pisar la región. Nació en Jaraíz de la Vera (Cáceres) de casualidad. Quiso salir antes de llegar al Hospital Virgen del Puerto de Plasencia, lugar donde su madre pensaba dar a luz ya que por esas fechas Navalmoral de la Mata, la localidad en la que vivían sus progenitores, no contaba con paritorio. Pero Nazaret Castro, periodista y fundadora del proyecto Carrodecombate.com, se adelantó y nació en tierras del pimiento y del tabaco: productos típicos de la zona norte de Extremadura que han cruzado fronteras, como más tarde haría ella.

Por motivos laborales cruzó el charco hacia Brasil en el 2008 y desde entonces su camino ha estado marcado por “esas divisiones territoriales”, bueno, más bien por las que cruzan algunos productos que consumimos diariamente pero de los que obviamos cuál es la cadena de producción y los impactos sociales y ambientales que acarrean. Café, caña de azúcar o aceite de palma son algunos de los géneros que, debido a las plantaciones de monocultivo, están destrozando los territorios y el tejido social allá donde se producen, aunque quienes los consumimos a diario no nos percatamos de ello.

Nazaret ha comenzado el año viajando por Colombia y Ecuador en busca de declaraciones y datos que le argumenten cómo está afectando el monocultivo de aceite de palma en ambos países (o aceite africana por sus orígenes en el África occidental). En Colombia, concretamente (lugar donde se realiza esta entrevista), este producto está asociado a desplazamientos forzados impulsados por las multinacionales y los terratenientes que controlan los recursos, tanto del agronegocio como de la industria extractivista. En algunas zonas, como el Chocó, los paramilitares desplazaron y masacraron a centenares de personas para desarrollar el proyecto agroindustrial de aceite de palma[1]

Según el Centro de Monitoreo de Desplazamiento Interno (IDMC, en sus siglas en inglés), entre 4,9 y 5,5 millones de personas han sido desplazadas a la fuerza tanto por el conflicto armado colombiano, que dura ya más de 50 años, como por las presiones que reciben de paramilitares en los territorios para favorecer a las grandes industrias; lo que ha obligado al campesinado desplazado a abandonar sus pequeñas fincas y huertos donde cultivaban productos de autoconsumo como patata, fríjol, yuca, plátano y árboles frutales, entre otros alimentos.

Indagamos con esta verata de nacimiento qué hay detrás de la cadena de algunos alimentos y de la investigación que desde Carro de Combate, y con apoyos de crowdfunding, están realizando en distintas partes del mundo sobre la palma aceitera.

En primer lugar, Nazaret, ¿cómo nace Carro de Combate?

Carro de Combate es un proyecto que nace en 2012 junto a Laura Villadiego, periodista que se encuentra en el sudeste asiático, en principio para trabajar temas en relación con el trabajo esclavo, las condiciones laborales, y que luego lo hicimos por el lado más amplio del consumo responsable o consumo crítico.

La idea fundamental del proyecto es indagar en los impactos sociales y ambientales que tienen los productos que consumimos a lo largo de toda la cadena de producción. Nosotras, principalmente, mantenemos un blog y publicamos mensualmente informes de combate, que  son informes sobre productos.

Hace como un año y medio se sumaron dos compañeras más, Aurora Moreno y María Rubiños, que están en Madrid, y el proyecto fue creciendo.

En 2014 sacamos un libro con clave intelectual que es un compendio de los informes que hemos ido sacando y las dos investigaciones más en profundidad que hemos hecho hasta el momento. La primera sobre el azúcar, y ahora sobre la palma de aceite.

¿Por qué investigar sobre el consumo de productos de alimentación?

Porque una llega a un supermercado y se encuentra una camiseta por tres euros o una radio por cuatro euros y lo único que se ve es el anuncio lleno de colores, la promoción, el precio, pero se olvida todo lo que en economía se llaman, muy cínicamente, externalidades, que quedan por fuera de los balances de las empresas pero que alguien paga, o lo paga el planeta o lo pagan las comunidades locales donde se extrajo la materia prima, donde se fabricó sin tener unas condiciones laborales dignas ni unos salarios adecuados que pongan el valor de lo que han hecho…

Por ello, nuestra idea es visibilizar esos impactos y esas cosas que uno no paga. En el caso de una camiseta que te cueste 30 dólares, la cantidad que le llega al trabajador es ridícula, el grueso del coste, el 60% o 70%, es de la distribución y la marca. Además, en una empresa como Inditex o Mango todo lo terceriza, no tiene talleres propios, se queda con la parte que le da el valor añadido y si el consumidor fuera consciente de todo eso cambiaría sus hábitos de consumo.

La historia que tratamos de visibilizar es que hay alternativas, hay marcas que sí hacen las cosas bien, existe el comercio justo, hay maneras de buscar directamente a los productores…

Entonces, lo primero es darse cuenta de la situación y qué es lo que realmente estás comprando cuando vas al supermercado y a partir de ahí nosotras intentamos plantar una semillita para que luego cada persona haga sus búsquedas. Siempre bajo la consideración, e insistimos mucho en eso, que no se trata de ser absolutamente coherentes, sino de ir modificando, buscando y siendo conscientes.

En este sentido, ¿crees que está habiendo otras formas de consumir con las redes de huertos urbanos, los grupos de consumo, las tiendas de productos ecológicos…, especialmente en las grandes urbes donde, por ejemplo, muchos productos de La Vera van directamente a consumidores en Madrid a través de los grupos de consumo?

En el tema del textil también se están dando alternativas, pero lo más claro es en el tema de los alimentos. Mucha gente se está dando cuenta que es la salud la que se está viendo afectada, que cuando uno compra de una manera que beneficiamos al plantea y beneficiamos al productor, también nos beneficia más la salud. Entonces, con la alimentación ha llegado un momento que la gente empieza a desconfiar de lo que encuentra en el supermercado y empieza a buscar alternativas.

Desde hace siete años no vivo en España, pero lo acompaño desde lejos y he visto que realmente eso ha crecido muchísimo, aunque existe el prejuicio de que eso sale más caro, que se lo puede permitir gente de una condición social alta. Pero muchas veces no es así, sobre todo si buscas un grupo de consumo donde los gastos de los pedidos y del transporte se repartan. Hay cada vez más maneras de que, sin necesariamente gastar más, tengas algo que aparte de más sostenible social y ambientalmente sea muchísimo más saludable.

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Fruto de la palma aceitera. Fuente http://www.codigonuevo.com

En cuanto a la investigación sobre la palma aceitera que estáis inmersas en América Latina, África y Asia, ¿por qué indagar sobre ella, qué esconde para adentraros en su producción?

Pues porque en España -nuestro público es mayoritariamente español- es una auténtica desconocida y sin embargo está presente en una grandísima parte de los productos que encontramos en el mercado. Y no sólo en la industria agroalimentaria sino también en jabones, cosméticos, combustibles…

Es el aceite más usado por la industria pero sin embargo la gente, al menos en España, no es consciente de ello. Entre otras cosas porque hasta ahora ese aceite había aparecido en las etiquetas camuflado como aceite vegetal. Ahora ya cambió la normativa y nos vamos a encontrar aceite de palma en las etiquetas y probablemente nos llame la atención.

En la zona del sudeste asiático, que es donde está mi compañera Laura investigando, esta cuestión es la primera causa de deforestación, está arrasando los bosques tropicales. En estos lados de América Latina también tiene unos impactos muy grandes.

Entonces, siguiendo la filosofía de Carro de Combate, la idea es visibilizar esta situación de la que el consumidor a veces no es consciente.

¿Qué estás descubriendo en Colombia?

La expansión del aceite de palma está muy asociada a procesos de violencia, de desplazamiento forzado, a violaciones de derechos humanos a comunidades negras, indígenas y campesinas en varias zonas del país, y es un cultivo que en los últimos años ha tenido un crecimiento muy grande en asociación con estos intereses. Hay casos en los que está probado que se violan los derechos humanos, al menos en connivencia con los empresarios.

¿Hay empresas españolas ligadas a este mercado?

Hay una empresa, Poligrow, que está en la parte de los Llanos, en la región de la Oniroquía, que tiene capital italo-español. El resto son de capital colombiano.

¿Cómo se relacionan entre sí los distintos actores de la cadena de producción del aceite de palma?

En Colombia se han dado varios modelos, uno de ellos está formado por una empresa núcleo, que es una gran empresa, y a partir de ahí se aglutinan pequeños y medianos productores. El problema es que el orden de fuerzas no es el mismo en toda la cadena.

Los monocultivos requieren una serie de condiciones de niveles de producción, de insumos y de asistencia técnica que realmente los pequeños productores no están en condiciones de afrontar. Entonces, la mayor parte de las veces es una situación de dependencias de la cadena que controlan los grandes productores, que normalmente o están asociados o son los mismos que tienen las empresas extractoras. Y ahí es un punto fundamental para comparar qué supone la agricultura tradicional -que en Colombia lo llaman el cultivo de pancoger, es decir, el cultivo para el auto sustento-, de lo que viene a ser el monocultivo volcado a la exportación.

Además, el azúcar como la palma son commodities, esto es, materias primas que se comercializan en los mercados internacionales, y que están cada vez más financierizadas, es decir, son materias primas que cotizan en el mercado internacional y eso está preso a unas oscilaciones y precios que el campesino no puede controlar. Entonces eso es un orden de fuerzas muy desigual.

“Las tierras fueron devastadas por esta planta egoísta que invadió el Nuevo Mundo”.

Eduardo Galeano, Las Venas Abiertas de América Latina.

 

De las muchas frases que recoge el libro Amarga Dulzura, una investigación sobre la industria del azúcar realizada con tu compañera Laura Villadiego, se puede leer “allí donde el agronegocio exportador sustituye al pequeño comercio campesino, se multiplica la devastación social y ambiental”, ¿exactamente qué y cómo es la devastación social y ambiental?

El pequeño campesino, en el café por ejemplo, tiene la planta del café y tiene más cosas. Para la naturaleza eso es mucho más armónico que cuando hay un monocultivo. Un monocultivo, en esencia, implica que en una extensión de tierra sólo haya un cultivo y eso implica pérdida de biodiversidad enorme y una demanda de nutrientes. En América Latina, por ejemplo, la caña de azúcar desertificó la parte nordeste de Brasil donde se desarrolló ampliamente. Por lo que un sistema de agricultura tradicional es muchísimo más respetuoso con el ambiente.

Por el lado de las condiciones laborales cuando llega el agro negocio, que muchas veces está relacionado con la violencia que desplaza, el campesinado, que cuenta con una tierra que le da de comer y que puede dejar a sus hijos en un futuro, se ve convertido en mano de obra asalariada dependiente en las condiciones laborales de la empresa.

Además, hay una serie de consecuencias que pasan por lo cultural. Cuando arrebatas territorios a las comunidades no sólo les despojas de su tierra, sino también les despojas de las relaciones sociales que han establecido, de la solidaridad, de los vínculos con el territorio… De ahí que la destrucción ambiental y social suelen ir de la mano, no son procesos que se puedan separar.

En Extremadura, que en su mayoría es una región de monocultivo (tomate, aceite, arroz, pimiento, tabaco, árboles frutales…), de ganadería intensiva (porcina) y extensiva (vacuna), modelo que nace en la época franquista, ¿se debe aplicar también el lema “consumir es un acto político” a pesar de que las consecuencias de este modelo en nuestra región no son iguales a las de los países de América Latina?  

Nosotras decimos que consumir es un acto político porque cuando tú estás consumiendo un producto estás, de alguna manera, apostando por ese modelo. Si compro en Zara, en Carrefore, etc., esas empresas viven de lo que nosotros les compremos y aunque modificando nuestros actos de consumo no va a cambiar el mundo, como decíamos antes uno no puede ser completamente coherente. Pero si uno va modificando sus comportamientos y en vez de comprarle al supermercado le compro al pequeño productor, estoy consiguiendo que ese pequeño productor pueda seguir haciendo lo que hace. Y si además, todos vamos modificando esos hábitos, llegará un momento en que hay mucha más oferta. Si hay demanda, hay oferta.

Eso por un lado, pero también para nosotras tiene que ver con que el consumo puede ser una herramienta para empezar a mirar qué hay detrás, empezar a tirar del hilo para tener una visión más global que los medios no nos cuentan o lo hacen de forma muy fragmentada. Porque la idea no es sólo que uno se quede en su acto de consumo, sino que vaya ejerciendo una presión política para que a su vez los políticos presionen a las empresas y que por ley tengan que modificar los comportamientos que tienen.

Teniendo en cuenta el reparto internacional de los roles económicos donde a América Latina le corresponde el de exportador de materias primas y a Europa el de consumidor en su gran mayoría y partiendo del modelo de libre comercio que mantiene a flote un sistema financiero y político, ¿parece imposible no ser pesimista acerca de las formas de consumir y de las posibles transformaciones que podamos hacer en nuestros entornos?

Nosotras insistimos en quitarse de la cabeza la coherencia perfecta porque eso llega a la frustración y eso puede dar lugar a no hacer nada con la idea de que no se conseguirá cambiar el mundo. Pero no sólo con el consumo, sino también vale para cualquier acto de participación política que se tome.

Cambiar las pequeñas cosas en el entorno ya es valioso, uno empieza a buscar alternativas de consumo y la gente a su alrededor también empieza a mirarlo, pero obviamente no es para sentirse culpable porque en la vida diaria de la gente hay una cuestión de tiempos y una cuestión de ir conociendo las alternativas. Para mí es importante prestar atención a esos gestos que a uno no le cuesta tanto esfuerzo y a partir de ahí seguir profundizando en esa conciencia política de qué hay detrás de cada cosa.

 

[1] La operación Génesis, realizada por militares de la Brigada XVII del Ejército en febrero de 1997, fue una masacre para tomar el control de las cuencas del bajo Atrato para crear empresas fachadas con las que garantizar el accionar paramilitar y el financiamiento de sus actividades. Después del despojo y de la apropiación de la tierra los paramilitares, con ayuda del gobierno, invitaron a los empresarios palmeros a instalarse en sus zonas de control.

 

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